miércoles, 27 de mayo de 2026

Té de barro.

Tengo una casita de muñecas donde me gusta estar. Nadie la conoce por dentro, allí todo es de juguete y menudito. Las tacitas donde tomo el té están manchadas al fondo (con la tierra del menjurje que se sirvió la once anterior) y dispuestas sobre una mesa de maderitas que se desarman. A veces hay telas de araña en el techo y en el invierno la gotera cae justo donde debería estar la tele. Sé que a nadie más le importa que a mi mesita se le caigan las patas o que encuentre arañas de rincón adentro del horno. La gente piensa que mis arañas son menos de rincón porque viven en un casita de muñecas; que porque mis cubiertos son plásticos son menos cubiertos; y que mis platos son menos platos porque sólo tengo dos, pero no es así.

A veces me da pena pensar en ella y en las cortinas sarpullidas de flores marchitas por no ver la luz solar. No puedo dejar de pensar en la puertecita que rechina un poquito más cada día que entro a jugar; en que cada día me queda un poquito más chica. ¿Qué pasará cuando ya no quepa por la puerta ni por las ventanas? ¿Las micros dejarán de pasar? Yo creo que no, nada va a cambiar para nadie, tal vez ni siquiera para mí, todo va a seguir igual pero diferente. A lo mejor las micros dejen de pasar como las conocemos, serán más lentas, pero se despegarán del piso y de las imperfecciones del pavimento y yo seré el único pasajero que viaje en ellas.

Las cosas simplemente se despegarán del piso.

Pero las micros seguirán pasando, los despertadores seguirán sonando y los intereses en el banco se seguirán acumulando. ¿Y saben por qué? Porque a nadie en el mundo le preocupará dónde mierda está la caja que usé para guardar esas tablitas que un día fueron todo eso que escondía mi casa de muñecas.


jueves, 21 de mayo de 2026

Talasofobia

La próxima vez que vayas al cementerio, camina entre las lápidas y cuéntame qué es lo que ves. Quiero saber de qué color verás los árboles que cubren las principales avenidas del Cementerio General. Mira bien las enormes casas que alojan familias enteras de muertos, custodiadas sigilosamente por siglos de supersticiones. Son lo más llamativo del lugar.

No te olvides de saludar al niño que lleva las mangueras en una carretilla o al viejo con los rastrillos porque ellos te ayudarán a encontrar el camino de vuelta.

En el pasillo más angosto te estaré esperando para disfrutar de la tarde. Llevarás contigo algunas flores y las repartiremos mientras paseamos hasta que anochezca. Sacudiremos el polvo de algunas tumbas viejas y me mostrarás los epitafios que te ayudaron a encontrarme.

Nos sentaremos en algún rinconcito a mirar la nada y entonces entenderás por qué hemos llegado hasta ahí. Me dirás que ves lo mismo que yo, me dirás que el aire se confunde y se alborota, verás cómo las hojas se vuelan en un remolino que va tiñendo esta realidad de la otra y, como revelándome un secreto, me mostrarás que el pasillo por el que veníamos caminando —hace rato— dejó de ser el mismo.