Tengo una casita de muñecas donde me gusta estar. Nadie la conoce por dentro, allí todo es de juguete y menudito. Las tacitas donde tomo el té están manchadas al fondo (con la tierra del menjurje que se sirvió la once anterior) y dispuestas sobre una mesa de maderitas que se desarman. A veces hay telas de araña en el techo y en el invierno la gotera cae justo donde debería estar la tele. Sé que a nadie más le importa que a mi mesita se le caigan las patas o que encuentre arañas de rincón adentro del horno. La gente piensa que mis arañas son menos de rincón porque viven en un casita de muñecas; que porque mis cubiertos son plásticos son menos cubiertos; y que mis platos son menos platos porque sólo tengo dos, pero no es así.
A veces me da pena pensar en ella y en las cortinas sarpullidas de flores marchitas por no ver la luz solar. No puedo dejar de pensar en la puertecita que rechina un poquito más cada día que entro a jugar; en que cada día me queda un poquito más chica. ¿Qué pasará cuando ya no quepa por la puerta ni por las ventanas? ¿Las micros dejarán de pasar? Yo creo que no, nada va a cambiar para nadie, tal vez ni siquiera para mí, todo va a seguir igual pero diferente. A lo mejor las micros dejen de pasar como las conocemos, serán más lentas, pero se despegarán del piso y de las imperfecciones del pavimento y yo seré el único pasajero que viaje en ellas.
Las cosas simplemente se despegarán del piso.
Pero las micros seguirán pasando, los despertadores seguirán sonando y los intereses en el banco se seguirán acumulando. ¿Y saben por qué? Porque a nadie en el mundo le preocupará dónde mierda está la caja que usé para guardar esas tablitas que un día fueron todo eso que escondía mi casa de muñecas.