La próxima vez que vayas al cementerio, camina entre las lápidas y cuéntame qué es lo que ves. Quiero saber de qué color verás los árboles que cubren las principales avenidas del Cementerio General. Mira bien las enormes casas que alojan familias enteras de muertos, custodiadas sigilosamente por siglos de supersticiones. Son lo más llamativo del lugar.
No te olvides de saludar al niño que lleva las mangueras en una carretilla o al viejo con los rastrillos porque ellos te ayudarán a encontrar el camino de vuelta.
En el pasillo más angosto te estaré esperando para disfrutar de la tarde. Llevarás contigo algunas flores y las repartiremos mientras paseamos hasta que anochezca. Sacudiremos el polvo de algunas tumbas viejas y me mostrarás los epitafios que te ayudaron a encontrarme.
Nos sentaremos en algún rinconcito a mirar la nada y entonces entenderás por qué hemos llegado hasta ahí. Me dirás que ves lo mismo que yo, me dirás que el aire se confunde y se alborota, verás cómo las hojas se vuelan en un remolino que va tiñendo esta realidad de la otra y, como revelándome un secreto, me mostrarás que el pasillo por el que veníamos caminando —hace rato— dejó de ser el mismo.
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